¿A quién pertenece el Arte?

Todos somos gusanos al lado del Poder. El compositor soviético Dmitri Shostakóvich utilizaba esa expresión cuando quería rechazar alguna petición directa de Josef Stalin sin ofender al dictador. Shostakóvich fue humillado y bendecido por el Poder: sus obras fueron prohibidas después de que Stalin viera su ópera Lady Macbeth de Mtsensk y acto seguido el Pravda publicara el editorial condenatorio «Bulla en vez de música». También fue encumbrado cuando la URSS necesitaba mandar a un genio a Estados Unidos para demostrar el poderío cultural del «país más avanzado de la historia». El propio Stalin revocó la condena de Shostakóvich, una orden que nunca recordó haber dado, y el compositor se convirtió en un símbolo soviético al tiempo que «Bulla en vez de música», el texto que un día lo enterró, siguió estudiándose en las escuelas de música para disuadir a los compositores formalistas y demás enemigos del arte que debía forjar el alma soviética.

La vida de Shostakóvich es el hilo conductor de la última obra de Julian Barnes, «El ruido del tiempo». Una novela donde lo que subyace es la relación del Poder con el artista. La sumisión de los artistas, más concretamente.

«Lenin consideraba deprimente la música. Stalin creía que comprendía y apreciaba la música. Jrushchov despreciaba la música. ¿Cuál de estas cosas es la peor para un compositor?»

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Shostakóvich no para de hacerse preguntas para comprender cuál era su relación como artista con el Poder. Claro que Shostakóvich fue alguna vez la prolongación del Poder. Y también hacía preguntas a los demás. Como profesor de conservatorio le encomendaron examinar a los estudiantes sobre la ideología marxista-leninista. A una alumna, para ayudarla, le hizo la pregunta más sencilla que se le ocurrió:

– Dígame, ¿a quién pertenece el arte?– La estudiante, que se hizo pequeña ante la presencia del Poder, no supo qué responder.

A la espalda del tribunal, justo encima de la cabeza de Shostakóvich, se descolgaba una enorme pancarta: «EL ARTE PERTENECE AL PUEBLO – V. I. LENIN».

Cayó la URSS, la socialdemocracia europea se diluyó entre las aguas del capitalismo financiero; el arte se “democratizó” al tiempo que subían las pujas en Sotheby’s y hoy cualquiera puede recorrer el Louvre a través de los ojos de Google. La pregunta de Dmitri Shostakóvich en el tribunal busca en 2016 nuevas respuestas.

El artista contra los regímenes

La estudiante tenía tan cerca la solución como dentro tenía el miedo a ser enviada a un campo de trabajo. Sin miedos todo sería más fácil. Con libertad, en apariencia, también.

«La tiranía en el ámbito de la producción estética se produce por la inmensa capacidad de nuestras sociedades para homogeneizar la mirada, para establecer unos límites infranqueables de lo que es aceptable y no –reflexiona el escritor Gabriel Albiac–. No hace falta el mecanismo brutal de la dictadura, del modelo estalinista o fascista, sino que, por una especie de despotismo benevolente, la capacidad de nuestras sociedades para construir conciencias, miradas, y para reducir a aquel que se sale de ellas a una posición de marginalidad es extraordinaria».

«Vivimos en una dictadura de los mecanismos de poder para imponer discursos de sentido. Ni siquiera del público, porque el público mismo es construido a la medida. Quien posee los grandes medios posee la capacidad de establecer despóticamente qué es lo que se considera respetable o despreciable», remata.

Shostakóvich, que fue bautizado en la Iglesia ortodoxa aunque en sus memorias se describía como ateo, tenía por costumbre recitar cada mañana un verso del poeta Evtushenko a modo de rezo:

«En tiempos de Galileo, un colega suyono era un científico más estúpido que él. Sabía muy bien que la tierra giraba,pero tenía también que alimentar muchas bocas»

El compositor soviético vive en la contradicción de haber servido al régimen que odiaba, aquel que estuvo a punto de matarlo. Y que mató a tantos amigos suyos. Le mantuvieron con vida el miedo, el instinto de supervivencia, lo útil que era para el Poder. Eso sí que le mataba por dentro.

«El mito romántico de que el artista está por encima de todas las reglas es falso», explica el filósofo Javier Gomá. «Hasta el siglo XIX todo el arte era por encargo: el patrón establece las reglas que el artista debe aceptar. Le dicen cómo tiene que diseñar la Capilla Sixtina y Miguel Ángel no lo ve como una limitación, sino como una ocasión para desplegar su genio artístico». Para Gomá, que también es director de la Fundación Juan March, determinada censura, cierta restricción a la libertad del creador, puede llevar a una presentación positiva. «El artista es aquella persona que sabe elegir la manera de su autolimitación; la libertad sin límites no tiene por qué ser propicia para la creación artística».

Decía Shostakóvich que «todo está en Shakespeare». El soviético había compuesto «Seis versos de poetas ingleses», una de las obras prohibidas por La Comisión Estatal del Repertorio y después autorizadas por Stalin. La quinta canción era el soneto número 66 de Shakespeare: «Cansado de todo esto, el reposo de la muerte anhelo…». El noveno verso sacude el alma de Shostakóvich:

«Y el arte amordazado por la autoridad.»

Aquella autoridad, ese «Poder» que escribe Barnes, proclamaba a los escritores como «los forjadores del alma humana». La condena era siempre feroz para los creadores del «arte por el arte», en vez del «arte por el bien de las masas». Shostakóvich nunca deja de dudar. ¿Cuál era el objeto del artista, sino el alma humana?

«Si el arte tiene una misión que permite elevar el nivel cultural, espiritual o social del público, pues bienvenido sea ese aspecto más educativo del arte. Pero si esa parte educativa tiene que ver con cumplir determinadas normas impuestas desde el poder para aleccionar a una población, entonces ahí hay un problema», determina María Dolores Jiménez-Blanco, comisaria de la exposición «Campo Cerrado. Arte y poder en la posguerra española».

«Campo Cerrado» se puede visitar hoy en el Museo Reina Sofía. Permite sentir en primera persona cómo los artistas que se quedaron en España tras la victoria franquista recorrieron las mismas dudas que Shostakóvich. También cómo buscaron resquicios de libertad que les permitieran expresarse, siempre bajo el yugo de una dictadura.

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